Uno de los grandes retos de las personas que viven en comunidades vulnerables, es mantener la motivación y el esfuerzo ante tantas adversidades económicas y sociales. Un ejemplo de ese empuje progresivo en el tiempo, es el de 10 jóvenes que hacen parte del colectivo Grujuco (Grupo Juvenil Comunitario), que cuenta con alrededor de 26 integrantes en total, y que ofreció dos presentaciones de baile en la estación de Andrés Sanín del Sistema MIO.
Grujuco pertenece a las zonas de El Vallado, El Retiro y Laureano Gómez de la Comuna 15 de Cali. Se creó hace siete años, en 2011, pero tres años antes, en 2008, ya venía vislumbrando su nacimiento gracias al acompañamiento de Elizabeth Serna, el enlace comunitario para las zonas de intervención mencionadas.

En 2013, el Grujuco que cuenta actualmente con jóvenes entre los 17 y 23 años, pasó por un momento complejo: se desintegró y se convirtió en la pandilla “Los Totiaos”, que cambió los movimientos corporales rítmicos por el consumo de drogas y otros actos ilegales. Afortunadamente, en 2015, el General Ramírez y el Mayor Landazábal hicieron facilitaron un espacio de pacto de convivencia y cero agresión entre Grujuco y el grupo “Los calidosos” que eran sus principales enemigos.
Sin embargo, luego llegó otra banda llamada “Los racas”, que querían incentivar a Grujuco a retomar otra vez la vía de la violencia, pero Vallecilla y Lasso, dos patrulleros de la Policía que llegaron el mismo año, lograron hacer muy buena empatía con la comunidad y las pandillas, y desde entonces, son tres los años que lleva Grujuco trabajando con el programa Tip-Jóvenes Sin Fronteras.
“Grujuco nace a raíz de que las puertas de mi casa siempre estaban abiertas y los que ahora son jóvenes, en su momento eran niños de 9 y 10 años. Una vez los mandaron a hacer una presentación del colegio y me preguntaron si les prestaba la casa para ensayar y les dije que sí, y yo vi que tenían talento y los motivé a seguir bailando”, expresa Elizabeth, quien además les proporcionaba comida. Ahora, esos chiquillos que estaban hambrientos por falta de alimentos, quieren comerse el mundo artístico para consolidar su sueño que hoy por hoy los tiene bailando al ritmo de la danza urbana.

Para Rosaura Rivas, toda esta experiencia “en 7 u 8 años de trabajo me ha hecho sentir muy bien porque nos dedicamos al baile; cada quien hace lo que le gusta, y aunque a nuestros otros compañeros les gusta el canto o el baile, a la mayoría los que nos familiariza y apasiona es el baile”.
Son jóvenes, se le miden a todo tipo de baile, pero coinciden jocosamente que el ballet es de lo más difícil que han hecho y por ello no lo han vuelto a practicar. Pero como menciona Rosaura, cada cual le va encontrando el sentido a su vida y la danza urbana y la salsa es lo que mejor les sienta y les hace sentir cosas que difícilmente podrían explicar o experimentar con otras actividades.
Así lo piensa José Luis Granja, quien hace tres años pertenece al grupo que considera como una familia, y resalta que el recuerdo más vívido que tiene es “la presentación que hicimos en la Plazoleta Jairo Varela a mediados de año. Cuando bailo siento emoción, como otro mundo, y es por eso que le digo a otros jóvenes que luchen por sus sueños y que echen pa’ lante”.